Entre restos de vicios consumidos y de semanas llenas de exámenes, el mundo parecía venirse encima. Cuestionarme que la persona más perfecta que completa tu vida imperfecta sigue conmigo, que todo esta genial y pensar que esto es un sueño.
Colgarme de tus ojos en los bancos de los parques aquella primavera fue el primer acierto.
Y, empezó junio y mi verano con la persona de mi historia y dejar de lado mis problemas con las princesas de barrio, fue la primera de las soluciones.
A pesar de que me limitaba a observar tus gestos y a sonreír, no sabes cuánto te agradezco que estés conmigo todos los días.
En mi historia hubo quién me rompió el corazón en cada compás desenfrenado de caderas, pero solo tu fuiste la única que pudo recomponer cada trozo y llegar a amarme. Hubo quien lo intentó, pero nunca lo consigo, excepto tu.
Fue después de una sacudida con ganas en mitad de una tarde de marzo cuando me di cuenta de lo que realmente sentia.
Tu viniste a darle sentido a la complicidad que pocas veces se siente, pero muchas veces se intenta.
Solía sentarme en la ventana y fumarme un cigarro mientras me preguntaba si eso era lo que parecía o si eras la persona perfecta que mi vida imperfecta necesitaba en ese preciso momento.
Las risas de después y las conversaciones en la cama me ponían en lo cierto.
Llevaba años sin rozar una piel con tanta confianza como la que tengo en esa habitación.
Podéis llamarlo casualidad, complicidad o acierto.
Deje de mendigar besos inútiles hace tres meses y dejé de recorrerme Santander por un par de sábanas descolocadas que no valen ni la mitad que ella.
Hablamos de una persona, de un amor a tiempo completo que llama a la puerta el domingo más triste del mes, o de ese tipo de cosas que salen por tu boca y que se clavaban dentro sin posibilidad de retroceso.
Eran palabras. Caricias y besos también. Era el abrazo que me daba después.
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