No se como explicar la sensación cuando tus labios rozan los míos, ni cuando recorres tu dedo sobre mi oreja recostado en la cama. Ni tampoco sabría como decirte lo que sucede en mi cuerpo cuando te aparto el pelo del cuello, ni cuando busco tu mano bajo las sábanas.
Las sábanas de una cama que nos enredó más de una noche de invierno. Y es ahí, en el momento justo, en el que siempre las pulsaciones se aceleran junto al borde de tu pecho y estoy apunto de morirme.
Y es entonces, es cuando llega la tormenta y el frío, que más de una vez se puso de nuestra parte para no dejar de rozarnos y sentirnos al otro lado del colchón. Por que a veces, surgen ocasiones que es mejor dejar de pensar para no parar de besar. De sentir(te).
Y así es como, todos los días, a las tantas de la madrugada, cierro los ojos y me acuesto pensando en ti, cariño. Seguro de que nos tenemos. De manera especial.
Y aún así después de todo esto, no sabría explicarte, cómo es la manera que tienes de hacerte querer.
Y está, es la razón más sencilla y menos difícil que tienes, de volverte la única persona con la que estar, para siempre.


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