Puede que hace años estuviéramos escribiendo nuestro nombre en aquella pizarra verde de primero de primaria. Incluso puede que aún siga algún pintarrajo sin sentido en esa mesa de segundo de la ESO. Pero lo que nunca imaginaríamos es haber llegado a este punto.
Nadie hubiera imaginado que después de dieciseis septiembres estaríamos juntos a miles de recuerdos de allí.
Nadie hubiera imaginado que después de miles de fiestas, los recuerdos pondría punto y aparte en tu historia.
Nadie hubiera imaginado que te estuviera escribiendo esto hoy, un día después de la felicidad.
Pero la verdad, es que da igual que nadie lo hubiera imaginado. Da igual que las bocas hablen, que los cobardes callen o que los valientes inventen. Que hablen los que sepan querer más que tú y que inventen si alguna vez han visto una sonrisa más bonita que la tuya.
Mientras tanto, déjate de bocas demasiado grandes y de decisiones importantes, porque no te hacen falta tacones para comerte el mundo.
Sólo te hace falta una mirada, una noche de borrachera, un peta mal hecho o un baile improvisado en un rincón de la Estación.
Ella es la primera en abrir la botella los sábados. La que un día quiere todo, y otro día no le importa tener nada. La que quiere que todo salga perfecto pero pierde la cabeza en la tercera copa. La que intenta que no se le note la borrachera pero pierde la cordura con la primera tontería. Esa que siempre se hace la dura pero está deseando que le des un abrazo. La número uno en empañar los cristales de ese ático en Menendez Pelayo con el que soñaría con su enamorado 24 horas al día. La que no planea el asalto al mundo, pero planea cada sábado desde el segundo cero. La que tiene cinco amigos que la quieren con locura.
Esa que ha vivido meses con kilómetros, pero el amor le ganó la batalla al invierno.
Y hoy es quince de enero y te escribo esto.
¡TE QUIERO!

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