domingo, 18 de noviembre de 2012

Ocho, infinito.



Sólo sonaban canciones de cómo tus formas de mujer perfecta encajaban perfectamente en su forma de existir.
No eran sus maneras de princesa, puede que sí ese olor a cola cao y tostadas a las ocho menos diez de la mañana. El plan no era que el pelo largo de una mujer te salvara de la resaca con un toque de perfume caro. La solución la tenia ese tipo de sonrisa que se extiende por las mejillas hasta llegar a esas ganas de vivir pegadas a tus comisuras.

Ella con aquella risa tan tuya. Aquella carcajada acompañada con tus ojos negros.
Tienes ese no sé qué en la punta de tus dedos, que a veces pensaba que el mundo era menos malo porque estabas allí.
Nunca la había visto sonreír así, tan por dentro y por fuera a la vez. Empezabas tanteando la luz con las manos en mi tripa. Respirábamos hondo y lo hacías enternecedor.
Todo ser humano con uso de razón sabía que lo nuestro sería infinito.
Que tu sudor calando el nórdico de plumas enamoraba.
Que aquel muchacho enamorado que corría con el corazón en las manos ya encontró un día a quien regalárselo. Dicen que dejaba una huella irracional bastante curiosa. Que nunca había encontrado a alguien que le hiciera sentirse así, sentirse único.
Sólo sonaban canciones sobre chicas de piernas largas y ojos brillantes.
Pero ella tenía aquella risa tan suya; que ni la mitad de la gente imaginaba lo tierna que podía llegar a ser y lo valiente que podía resultar. 










Nadie se imaginaba lo perdido que podía llegar a estar por culpa de alguien como tú.







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